September 7, 2008
Cosas De Las Cuales No Podemos Huir
Por Mark Reeves
Todos hemos tenido ganas de huir de cosas desagradables. Jonás era un hombre que ilustraba esto (Jonás 1:1-2, 3, 10). Considérense algunas lecciones que podemos aprender de él.
Hay algunas cosas de las cuales no podemos huir
No podemos huir de los ojos del Señor (Salmo 139:1-16; cp. Hechos 17:28).
No podemos escaparnos de nosotros mismos. “Huye el impío sin que nadie lo persiga . . .” dijo el autor de Proverbios (28:1). Es así porque nadie le persigue, nadie sino ¡él mismo!
Tampoco podemos huir de la responsabilidad (“porque cada uno llevará su propia carga”, Gál. 6:5), ni de las consecuencias (“todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”, 6:7).
No podemos huir de la muerte. En el libro de las generaciones de Adán (Gén. 5), cada genealogía, salvo una (Enoc, 5:24), termina con la frase, “. . . y murió.” Vivimos en un mundo donde abunda la muerte. Podemos hacer ejercicio, tomar vitaminas, visitar a menudo al doctor, y siempre morimos. Los jóvenes mueren también.
Por último, no podemos huir del juicio final. Los grandes y los pequeños estarán presentes (Apoc. 20:12-13). Toda obra será traída delante de Dios, “juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Ecles. 12:14). El asunto de Watergate, quién asesinó al presidente Kennedy, Oliver North y el asunto de armas para Centroamérica, nuestros secretos, todo esto a lo mejor lo podríamos ocultar acá en esta vida, pero no en el juicio final.
Por qué no es posible huir de estas cosas
Hay razones por qué no podemos huir de estas cosas. No podemos huir de los ojos de Dios porque Dios está en todo lugar (es omnipresente), y todo lo ve. “¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?” (Jer. 23:24; cp. Heb. 4:13).
No podemos huir de nosotros mismos porque Dios nos creó con una consciencia. Aun aquéllos que no han conocido mucho la Biblia muestran “la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Rom. 2:14-15). Como una luz roja que se enciende en el tablero de instrumentos en el automóvil, la consciencia sirve para detenernos de problemas.
No podemos huir de la muerte porque nos fue establecida por Dios (Heb. 9:27). Fue establecida por causa del pecado (Gén. 3:19). Por la misma razón no podemos huir del juicio final. “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia . . .” (Hechos 17:30-31). Se ha hecho la cita ya.
¿Cómo debe este conocimiento afectarnos?
Debe movernos a tratar de ¡agradar a Dios en todo! En primero lugar esto significa reconocerle y fiarse de Él. “Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas” (Prov. 3:5-6). Además esto significa obedecerle. “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Ecles. 12:13).
En segundo lugar este conocimiento debe movernos a conservar siempre una conciencia irreprensible. Pecamos al violarla (Rom. 14:23). Por lo tanto, debemos primero enseñarla bien (2 Tim. 3:14-17), y después procurar siempre tenerla sin ofensa (Hechos 24:16). ¡Qué gran bendición tener una consciencia limpia, y comenzar cada día con un plan para conservarla así!
Tercero, sabiendo que no podemos huir de la muerte debe movernos a prepararnos para la muerte por quitar el “aguijón” de ella. La muerte no sería tan malo en sí, pero “el aguijón” de la muerte es el pecado (1 Cor. 15:56). En cambio, si los pecados de uno son perdonados, entonces la muerte es una bendición en vez de algo que produce miedo (Rom. 8:1), es “ganancia” y algo “muchísimo mejor” (Filip. 1:21-23), que todo lo que jamás hemos conocido.
Al tratar el pecado, también nos preparamos para el juicio final. Tenemos que preparar la cuenta que daremos (Rom. 14:12). Si nos encontramos en Jesucristo, nadie puede acusarnos (Rom. 8:33).
Conclusión
Ante estas cosas, siempre tenemos la opción de huir. Podemos enredarnos tanto en los asuntos y placeres de este mundo que nos olvidamos de Dios. Podemos practicar el pecado tanto tiempo que ya cauterizamos la consciencia (1 Tim. 4:2). Podemos alejar el día de la muerte de nuestra muerte. O podemos reaccionar a la idea de un juicio final como aquellos antiguos en Atenas que “se burlaban” (Hechos 17:32).
La otra opción es aceptar la verdad para eliminar el problema y ¡ya no tener nada de qué huir! “Vino palabra de Jehová por segunda vez a Jonás, diciendo: Levántate y vé a Nínive . . . Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová . . .” (Jonás 3:1-3)– mhr.