August 31, 2008

El Hermano Farisaico

Lonnie Fritz

En la parábola del hijo pródigo, Jesús también dio una lección basada en el hermano mayor del pródigo. Nos acordamos que el pródigo había regresado a casa después de haber vivido perdidamente. Pidió perdón de su padre, queriendo ser solamente uno de sus jornaleros. El padre le dio una acogida calurosa, como un hijo que había sido muerto pero ahora revivido. Cuando el otro hijo del padre volvió a casa y vio la fiesta que fue hecha para su hermano, no pudo guardar su enojo. “Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo.” (Lucas 15:29-30)

A lo mejor algunos nos preguntaremos qué mal hubiera en su actitud. ¿No se sentiría usted lo mismo si un hermano o hermana suya hubiera vivido en el mundo hasta llegar al punto más bajo y luego volvió yendo humildemente? Si somos honestos, se nos hace difícil imaginarnos de alguna otra reacción de este hermano. Lo que Cristo quiere es que cambiemos nuestro modo de pensar. En las dos parábolas anteriores, la parábola de “la oveja perdida”, y la de “la moneda perdida”, Jesús sacó esta conclusión: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.” (Lucas 15:7; véase 15:9) ¿Cuánto nos ha perdonado Dios? “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 6:23) Dios nos ha perdonado más que jamás pudiéramos pagar. Si Dios puede así perdonar, ¿podemos nosotros?

Parece que el mayor problema que tenía el hermano del pródigo era su actitud de justificar a sí mismo; “¡No te había desobedecido jamás!” ¿Cómo se puede ayudar a alguien que cree que jamás se equivoca? En otra ocasión Jesús dijo: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.” (Mat. 9:12-13) Jesús tuvo que recalcar este concepto vez tras vez; todo hombre necesita arrepentirse. No importa que su vida haya sido “bastante buena” o “no tan mala” o “muy mala,” cada persona alcanza al cielo de la misma manera. Cada persona tiene que reconocer su propia necesidad.

Es cierto que algunos han perjudicado sus vidas más que otros. Algunos como el “hijo pródigo” por sus vidas han traído vergüenza y reproche sobre Dios y sobre sus familias. ¿No vienen más consecuencias por haber vivido de tal manera, que vivir tratando de practicar la justicia pero tropezando de vez en cuando? En la parábola, el padre dijo a su hijo mayor: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.” (Lucas 15:31) En cambio, el pródigo había malgastado lo que le fue dado. Aquellas consecuencias no cambian. Dios puede perdonar al hombre mundano que llegó a ser un borracho y adúltero, pero esto no quiere decir que no sufrirá consecuencias de sus acciones. Como resultado éste probablemente perderá su familia, su influencia, y su trabajo. “Si clavas un clavo en el tablero, podrás sacar el clavo, pero siempre quedará un agujero en el tablero.”

Esforcémonos a servir a Dios lo mejor que podemos. Si no lo hacemos, habrá un precio alto que pagar - aun si volvemos en sí a tiempo. Que reconozcamos que por más buenos seamos, ¡siempre seremos salvos por la gracia de Dios! Por fin, perdonemos a aquellos que Dios ha perdonado, y ayudémosles a superar las consecuencias de sus pecados pasados.

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